Saturday, August 5, 2023

La Tienda Sin Tiempo By Jacqueline Bassi

 

La tienda sin tiempo

Un lugar fascinante de visitar es la tienda ubicada en la calle 125 con la calle Dixie Highway cuyo nombre, RED, WHITE AND BLUE, recuerda los patrióticos colores de la bandera nacional. Sin embargo, lo único patriótico que allí se vende, son los raídos uniformes verdes del ejercito norteamericano; testigos mudos de lejanas derrotas o victorias cuyos excéntricos compradores desconocen.  No hay nada atractivo a la entrada de esta tienda grisácea, de olor agrio y apariencia avejentada.  La vitrina permanece empolvada desde hace años sin que nadie se haya preocupado por limpiarla y en ella descansan objetos olvidados, pedazos de muñecas, muebles incompletos, maniquís semidesnudos y todo tipo de despojos.  Un gran mostrador sirve de refugio a las empleadas que por ratos hacen de cajeras, de empacadoras, de organizadoras.  Ponen etiquetas al tiempo que hurgan en monumentales bultos separando unos artículos de otros.  Enormes cantidades de ropa de diferentes épocas llenan los largos e interminables percheros que se extienden a lo largo de la tienda.  Cinturones, Hebillas, botones y zapatos de los años setenta, ochenta y noventa se amontonan formando ejércitos de cosas.  A María Zapata no le gusta  trabajar allí porque todo esta viejo y empolvado.  «Vivo estornudando todo el día y me deprimo viendo tanta porquería vieja.»  Una baranda metálica de triple línea y que es tan ancha como el mostrador se extiende en forma de zigzag organizando forzosamente a la clientela alborotada y desmedida.  Una fuerte algarabía en cróele se impone ante el inglés y entre gritos y alborotos las mujeres se empujan y se rozan apretando cada cual su bulto de tesoros recientemente encontrados bajo axilas sudorosas.  Dominique, la más imponente de las señoras del grupo, mientras empuja a las demás para darse espacio, cuenta que ella viene desde hace años a la tienda para comprar ropa que luego manda a su familia en Haití.  «No toda es para ellos» dice ella, «también es para venderla allá.  Vengo por lo menos una vez a la semana y siempre encuentro buena ropa para enviar.  Allá la gente aprecia esta ropa, yo la compro barata y la vendo barata» afirma doña Dominique con orgullo de comerciante.  Pero el mayor encanto de esta desvencijada y ruidosa tienda se encuentra en la parte trasera de este enorme guardarropa.  Allí el ruido disminuye y el paisaje cambia.  Las líneas de ropa se estrechan y dan paso a los estantes de madera y de aluminio en cuyas repisas descansan décadas de historia.  Vitrolas y radiolas mudas y mugrosas se mezclan con televisores de pantalla estrecha y semi-redonda.  Toca-cintas convencionales y tipo eight-track esparcidos por el suelo se mezclan con aspiradores, cafeteras y secadoras de cabello de eras irreconocibles.  Computadores que parecen más antiguos que la misma historia de la tecnología abarrotan lánguidamente los anaqueles; y detenidos en diferentes horas, relojes de todas las formas y colores forman montañas de tiempo.  Juan Padilla  viene a esta tienda a distraerse, a ver cosas extrañas, a remontarse a épocas del pasado que el no conoció, «me paro y reflexiono sobre el modernismo y los avances de la ciencia.  Me llaman la atención las bicicletas de los años ochenta, los cachos, los frenos y las ruedas que llevaban.  La ropa me da mucha risa.   Los modelos viejos, las chaquetas de solapas enormes, y las camisas de cuellos picudos, estimulan mi imaginación.»  Juan Padilla no compra nada, sólo viene a distraerse, a transportarse en el tiempo y a meditar sobre los frutos de la ciencia.  Margarita Gutiérrez de Piñeres viene buscando oportunidades.  «Aquí se consiguen grandes oportunidades, cosas bellísimas que la gente no aprecia porque están revueltas con las cosas viejas.»

Entretanto, ruidos de manos que revuelven objetos olvidados y arrastran  jirones de cosas se mezclan con los gritos de niños que descubren tesoros escondidos; largas risotadas se elevan de entre pandillas de comadres en las esquinas.  Nadie tiene prisa en este lugar, al mismo tiempo que  unos presagian tesoros escondidos entre los polvorientos artefactos que rebuscan, otros evocan el pasado que vivieron sus abuelos.  Y mientras en la acera de la calle florece un siglo veintiuno medio empobrecido, aludiendo a desordenadas décadas de un siglo ya enterrado, esta mustia tienda desentraña remembranzas dormidas y evoca la añoranza de mejores días.